Martín Melitón Pablo de Sarasate y Navascués (1844-1908)

Whistler_ Sarasate

Obra de James McNeill Whistler

 

“Me critican que he pintado a Sarasate en un almacén de carbón y otras estupideces por el estilo. Yo solamente sé que él aparecía como se ve en mi cuadro cuando le vi tocar en Saint James’s Hall”. Así se expresaba James McNeill Whistler sobre su retrato de Sarasate, expuesto en el Carnegie Institute de Pittsburg (Estados Unidos).

Pablo Sarasate fue uno de los grandes violinistas del siglo XIX y uno de los personajes más admirados en su época: era llamado “el mago del violín” o el “moderno Paganini”; sus conciertos eran acontecimientos de tal magnitud, que el público se aglomeraba en las salas y las entradas se revendían, algo similar a lo que ocurre con las actuales estrellas del pop; escritores célebres como Arthur Conan Doyle o Herman Hesse o introdujeron en sus novelas o poemas; y pintores de la talla de Whistler lo retrataron. Su secreto estaba en su perfecta técnica y su maravilloso sonido. Pero además dejó una huella indeleble en el ámbito del violín a través de sus propias composiciones y de las obras que escribieron para él grandes músicos como Saint-Saëns, Lalo, Max Bruch y muchos otros.

Bautizado como Martín Melitón Pablo Sarasate y Navascues, nació en Pamplona, España en 1844.Hijo del músico militar Miguel Sarasate y Javiera Navascués, manifestó una precocidad asombrosa en el violín. La Condesa de Espoz y Mina le concedió una pensión para estudiar en Madrid. En 1856 actuó ante la reina Isabel II, quien le concedió una beca para estudiar en París. En dicho viaje a París, el 20 de septiembre de 1856, muere Javiera víctima de cólera.

Sarasate fue célebre por el sonido que era capaz de extraer de su violín.

(“Sarasate, por el contrario, que poseía un tono deslumbrante, utilizaba frecuentemente el staccato volante, de manera no demasiado rápida, pero con una gracia infinita. Esta última cualidad, la gracia, iluminaba toda su manera de tocar, y era sustentada por un tono caracterizado por un supremo lirismo que, sin embargo, no era muy potente.”)

(Leopold Auer (1845-1871), Violin playing as I teach it)

Interpretaba  magistralmente en su violín Stradivarius, que actualmente se encuentra en el museo del Conservatorio de París. Luego tuvo otro violín Stradivarius llamado “Rojo” que está  Madrid.
Fue un gran divulgador: en Francia, se convirtió en difusor de las obras alemanas; en el resto de países en los que tocó —Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Holanda, Rusia, España…— fue el embajador de la música francesa; y además fue un importante impulsor del hispanismo musical en Francia. “Sarasate, parisino de adopción, pero tan español como lo puede ser por su cultura y su temperamento fue uno de los primeros en promover, y de una manera muy significativa, el hispanismo musical en Francia” escribe Christianne le Bordays.

Así escribía Edouard Lalo a Sarasate: “Me siento muy contento de que mi Sinfonía Española, gracias a tu maravilloso arco, haya sido aprobada tanto en América como en Europa. No me extraña: por todos los sitios por donde vas, los compositores que tienen la suerte de ser interpretados por ti dejan recuerdos que no harían sin tu colaboración”.

Enrique Fernández Arbós lo cuenta de este modo: “Justo es decir que se le debe el cambio completo del repertorio violinístico. Hasta entonces, en Alemania se había tocado el Concierto de Mendelssohn y el de Beethoven, alguno de Mozart, mucho de Spohr, Bach, la Fantasía de Schumann (…); también Corelli, Vivaldi, Tartini, Viotti…, en suma, los clásicos alemanes e italianos; sin olvidar el Concierto Húngaro de Joachim, el primero de Max Bruch y el de Brahms, y desde luego todo el repertorio de música de cámara. Sarasate sorprendió a Alemania presentándose con el nuevo repertorio francés, para ellos desconocido, y del que fue el primer propagador en el mundo entero”.
Algo tenía Sarasate que encandilaba a los compositores de su tiempo. Le dedicaron obras, entre otros, compositores tan importantes como Max Bruch, Edouard Lalo, Henryk Wieniawsky, Camille Saint-Saëns, Antonin Dvorak, Alexander Mackenzie e Ignacy Paderewski.
“ En palabras del violinista Joseph Szigeti: “Fijaba su mirada más allá de las cabezas del público y daba la impresión de que estaba ausente, como si la música que tocaba no fuera con él”. Y Kreisler lo expresaba así: “Cuando colocaba el violín debajo del mentón y todos creían que iba a comenzar lo dejaba caer, se colocaba un monóculo y observaba al público. Tenía una manera de dejar caer el violín que sobresaltaba al público. Lo deslizaba a lo largo de su esbelta figura, tomándolo del extremo justo a tiempo. Era un truco muy suyo”. Ese porte extravagante que lucía Sarasate en sus conciertos lo achacaban algunos, sin embargo, a su miopía, que su coquetería no dejaba traslucir. Lo del monóculo no deja de ser una curiosidad para especialistas: en ninguna de las fotografías de las muchas que se hizo en su vida aparece con lentes o monóculo.

 

Aires Gitanos, fue compuesta en 1878 y extrañamente es de las pocas obras de
Sarasate que no está basada en danzas españolas. Por el contrario, Aires Gitanos
adopta un estilo, como su nombre lo indica, gitano de Europa central,estrenada durante ese mismo año en Leipzig. Está basada  especialmente en las csárdás. Dura diez minutos aproximadamente. Es la obra más famosa de Sarasate y  una de las preferidas entre los virtuosos del violín aquí,  la excelente interpretación   de I.Perlman.

Compositores Europeos tanto contemporáneos de Sarasate como posteriores, también
tomaron elementos de la música gitana; vale la pena mencionar ejemplos como las
Danzas Húngaras de Johannes Brahms (1833-1897), La Ronde des Lutins de Antonio
Bazzini (1818-1897), y Csárdás de Vittorio Monti (1868-1922). Las características más
importantes de este lenguaje que pueden identificarse en estas piezas, son el carácter
declamatorio y patético en las secciones lentas, que en el caso puntual de Aires
Gitanos, ocupan un espacio importante en la obra. La vivacidad y el frenetismo,
arpegios rápidos, pizzicatos con la mano izquierda y armónicos, hacen parte de los
efectos utilizados en esta virtuosa pieza de carácter pirotécnico.

Pero su espíritu seductor iba más allá de los escenarios. “Quienes asistían entonces a mis soirées musicales de los lunes no han olvidado la brillantez de mi ilustre amigo; era tal su resplandor que durante varios años ningún otro violinista aceptó tocar en mi casa. Todos estaban asustados ante la idea de enfrentarse a la comparación. Y él no sólo brillaba allí por su talento, sino también por su espíritu y por la elocuencia inagotable de su conversación, siempre interesante y sabrosa”. Así recordaba Camille Saint-Saëns a su gran amigo Pablo Sarasate.

Fernández Arbós, que le acompañó en tantas ocasiones —también en Pamplona—, lo describe muy bien: “No creo que haya habido nadie con un aspecto más perfecto y una elegancia más acabada. Se diría que había nacido con el violín; que él y su instrumento formaban un solo cuerpo. En nada revelaba el menor esfuerzo. Cuando tocaba con orquesta, hasta el momento exacto de empezar, miraba distraído la sala entornando los ojos y atusándose el bigote;  verdad o no, demostraba la despreocupación más absoluta y en el momento justo atacaba sin un solo gesto de preparación previa”.

Cuando lo elogiaban llamándole “Genio” respondía :
“¡Un genio! ¡He practicado catorce horas diarias durante treinta y siete años, y ahora me llaman genio!”

Sarasate

 

Pablo Sarasate murió en Biarritz (Francia) el 20 septiembre de 1908, casualmente el mismo día que su madre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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