Un genio…

Oscar Fingal O’Flaherty Wills Wilde-1854 en Dublin por entonces Reino Unido -1900-Paris-Francia. Escritor, dramaturgo, esteta, poeta, ensayista, periodista- editor de la revista The woman’s world– Celebridad de la época debido al nivel de provocación que utilizaba, no sólo en sus obras sino también también a nivel personal, no escatimaba monólogos inteligentes… un mago absoluto de la conversación.

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El escritor jamás imaginó que todo se iba a torcer para siempre. Quizás, sobrevaloró sus poderes.

Wilde era encantador… mágico. Todos sucumbían hipnotizados al sortilegio de su arte de la conversación. Era un malabarista con las palabras, ocurrente, ácido, divertido, donde fuese se convertía en el centro, la luz, el eje de todas las reuniones.

Desde sus días universitarios, en las tardes de invierno los estudiantes de Oxford se reunían en el Stone Hall alrededor de una estufa. «Oscar Wilde era el más deslumbrante conversador. Gozaba lanzando brillantes paradojas y alegres relámpagos de humorismo», decía su compañero Frank Harris.

Elaboraba descripciones con precisión asombrosa y exageraba con humor.Todo lo que él narraba se transformaba en algo divertido. En sus días del Trinity College y en Oxford, el joven Wilde, nacido en Dublín, hijo de un eminente médico y una célebre poeta y activista irlandesa, sobresalió por su erudición e inteligencia: ganó los primeros premios por su dominio de los clásicos, por sus poesías y obtuvo siempre las mejores calificaciones.

Destacó por su excentricidad. Paseaba por las calles lánguidamente, lucía melena ondulada y «calzones versallescos«, desdeñaba los deportes, decoraba su habitación con plumas de pavo real, lilas y porcelana erótica. Imposible no llamar la atención!!!

Dejó a la posteridad una produción asombrosa: El retrato de Dorian Gray su única novela, La importancia de llamarse Ernesto, Salomé y más de 17 libros: ensayos, poemas, cartas, obras de teatro, también cuentos para niños todo lo que hacía resultaba exquisito… en su estilo: un tanto satírico y mordaz reflejando la sociedad victoriana y más precisamente, la sociedad londinense.

Wilde estaba casado con Constance Lloyd, tenían dos hijos, Cyril y Vyvyan, residían en el exclusivo barrio londinense de Chelsea. Cuando estalló el escándalo y el juicio por conducta indecente, Constance se separó del escritor, cambió el apellido de sus hijos y no consintió que su padre los viera nunca más.

Después de los crueles años vividos en prisión, estuvo en París donde prefirió hacer una vida tranquila y silenciosa. Se cambió el nombre: se puso Sebastián Melmoth, por el personaje de la novela de Charles Maturin.

Se convirtió al catolicismo y dejó de escribir, pero mantuvo su genio ácido para inventar sentencias y lanzar dardos ingeniosos y precisos. Es autor de citas memorables.

Decía de sí mismo, que se caracterizaba por su:

«proverbial buen carácter y mi pereza celta».

Y con total certeza afirmaba: «La experiencia no es más que el nombre que le damos a nuestros errores»

Describió su día muy ocupado:

«Esta mañana quité una coma, y esta tarde la he vuelto a poner».

No siempre era dichos amables. Durante el año que recorrió Estados Unidos pronunciando conferencias, usó definiciones tajantes como: «California es Italia sin arte» o bien: «Estados Unidos es el único país que ha pasado de la barbarie a la decadencia, sin civilización de por medio».

En otra ocasión el escritor manifestó:

“He puesto todo mi genio en mi vida; he puesto solamente mi talento en mi obra”.

Un comentario

“Y cuando lleno el formulario del censo, en la casilla que pregunta mi profesión, pongo: genio”.

Y con razón lo decía, el genio no se fabrica, no se compra ni se vende, el genio viene desde adentro es algo propio, natural…

Hospedado en el Hotel d’Alsace, de París ubicado en el 13 de la rue de Beaux Arts, el día 30 de noviembre de 1900, Oscar Wilde se despidió del mundo con su mordaz genialidad:

“El papel tapiz y yo estamos batiendo un duelo a muerte y uno de los dos tendrá que irse».

Dicen que pidió champán y dijo:

«Estoy muriendo por encima de mis posibilidades».

Oscar Wilde murió a los 46 años de edad, en la más absoluta de las bancarrotas. Los pocos amigos que tenía solo pudieron ofrecerle un entierro de sexta clase en Bagneux, a las afueras de la ciudad. Su amigo Robert Ross, tras obtener suficiente dinero vendiendo las obras del escritor pudo comprar una tumba en el Cementerio de Père-Lachaise y nueve años después de su muerte los restos de Wilde fueron trasladados.

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Al año siguiente, Helen Carew, una de las amigas de Ross y que había conocido a Wilde en su apogeo, ofreció anónimamente 2.000 libras para erigir un monumento.

La tumba de Wilde realizada por el escultor Jacob Epstein fue inaugurada en 1914, presenta una figura alada que recuerda a «La Esfinge«, su poema.

Coincidiendo con el 111 aniversario de su fallecimiento, reinauguraron la nueva tumba presentada al público ya que la anterior estaba llena de «besos» de mujeres. Tras la limpieza se colocó una protección de un material transparente.

Su hijo mayor Cyril murió en plena Primera Guerra Mundial como miembro de las fuerzas británicas que lucharon en Francia. Su segundo hijo, Vyvyan, continuó los pasos de su padre y se dedicó a la escritura y traducción. Llegó a publicar sus memorias en 1954 y el hijo de este… 

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Merlin Holland, ha editado y publicado varios trabajos sobre su genial abuelo, Oscar Wilde.

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