Horowitz… un «fenómeno»

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Vladimir Samoliovich Gorowicz, era su verdadero nombre. Había nacido el primero de octubre de 1904, no en Kiev como muchos han señalado sino en Berditchev, suburbio industrial situado a un centenar de kilómetros de la capital ucraniana.

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Pasada la guerra bolchevique, fue aprovechado por el Estado. Junto con el violinista Nathan Milstein, ambos de ascendencia judía, rusos y notables intérpretes, eran emblema de lo que era capaz de producir el nuevo régimen estalinista.

Les fue organizada una gira, primero por el país y luego por Alemania, donde Horowitz decidió quedarse e iniciar su carrera internacional.

Comenzó su aprendizaje de piano a temprana edad, primero a cargo de su madre que había sido pianista competente. En 1912 ingresó al conservatorio de Kiev, donde estudió con Vladímir Puchalski, Serguéi Tarnovski, y Félix Blumenfeld. Se graduó en 1919 interpretando el Concierto para piano nº 3 de Rajmáninov, y su primer recital como solista tuvo lugar en 1920.

Cuenta la leyenda que después de escucharle interpretar su Concierto nº3 para Piano y Orquesta, una de las cumbres de la música clásica del siglo XX, Rachmaninov anunció que nunca más lo volvería a tocar en público.

En 1925, las autoridades soviéticas le autorizaron a salir de la URSS para un curso de aprendizaje, pero él convirtió el viaje en una gira por toda Europa occidental en la que se destapó como el nuevo Rubinstein.

En enero de 1926 Vladimir Horowitz ofrece su primer recital en Berlín y causa una enorme impresión, de tal manera que es invitado a tocar en Londres, París y Nueva York. Al año siguiente, las autoridades soviéticas le reclaman participar en el Concurso Chopin de Varsovia, representando a la URSS, pero Horowitz no se presenta y así se hace pública su renuncia a regresar a tierras soviéticas.

Le bautizaron como «el tornado desatado de las estepas». Se centró, en el repertorio romántico.

En 1928 actuó en Nueva York y entusiasmó a Manhattan en el Carnegie Hall el 12 de enero de 1928 interpretando el Concierto para piano Nº 1 de Chaikovski con la dirección orquestal de Sir Thomas Beecham, quien también hacía su debut en ese país.

Según cuentan en este concierto, los dos primeros movimientos fueron “manejados” por el director inglés de manera un tanto “abúlica” y Horowitz se dio cuenta que el público “se le escapaba de sus manos”. Al entrar al 3er. movimiento, “allegro con fuocco” decidió “caer pero con todos los honores” y arrancó con todo su potencial.

Beecham y la orquesta apenas si lo podían seguir. Al final del concierto Horowitz comentó jocosamente¡terminamos casi juntos!”

Los comentarios especializados en los periódicos fueron muy elogiosos. Olin Downes destacó en el New York Times: “hace años que un pianista no ha desatado semejante furor en el público en esta ciudad”.

Durante la II Guerra Mundial participó en EEUU en conciertos para recaudar dinero, y en 1944 le fue otorgada la ciudadanía norteamericana.

El «Pianismo» de Horowitz

A lo largo de su carrera artística autorizados comentaristas, decían de Vladimir Horowitz que este no era un músico que tocaba piano, sino un soberbio pianista que sabía hacer la mejor música y aun hoy afamados pianistas admiran su arte y capacidad de interpretación única de este histórico gigante.

Además de su fabulosa técnica, destacaba su entusiasmo emocional y riqueza tonal. No en vano Joaquim Kaiser, musicólogo y crítico musical alemán, le puso el sobrenombre de “el Dios del piano”.

Horowitz se comprometía y compenetraba emocionalmente con la obra para poder crear una interpretación artísticamente verosímil.

La posición de sus manos en el piano no era para nada convencional. Las mismas estaban como achatadas sobre el teclado, con los dedos bastante estirados y sin la redondez que sugieren los pedagogos.

La excepción era su dedo meñique el cual siempre completamente curvado. Sólo se estiraba cuando debía ser utilizado al tocar su correspondiente nota.

Muchos se han preguntado en cómo era posible tocar de esa manera tan poco convencional?

Lo hizo … y logró cerrar la boca a los supuestos «sabios» de la técnica pianística.

Horowitz podía hacerlo y ejecutar cualquier cosa de esa forma. A diferencia de otros, “sólo” tocaba con las manos, no existían movimientos adicionales de su cuerpo… apenas algunas expresiones en su rostro, pero nada más. El estado emocional de sus ejecuciones pasaba directamente desde su “interior” a los dedos y era suficiente.

El prestigioso pianista y pedagogo Boris Berman en su libro Desde la banqueta del pianista 2010, menciona esa cualidad.

Monique Deschaussèes, pedagoga 1998 de su libro El intérprete y la música que justifica las actitudes de Horowitz

El secreto de su “magia” residía en su empeño de hacer “cantar” al instrumento, de originar toda clase de sonoridades y que, el misterio de su “técnica” consistía en su obsesión por buscarlas, anulaba su propio egocentrismo para que su mundo interior, sus vivencias personales e incluso su concepción de la existencia, pudieran ser plasmadas en su interpretación.

Helen Epsen relata que el mismo Horowitz afirmaba sentirse fracasado si percibía que no se comunicaba correctamente con el público. Él mismo reveló… que era el silencio sepulcral de la sala quien le desvelaba si existía vínculo emocional entre él y sus espectadores…basta con ver los antiguos videos donde los «cameraman» enfocaban al público más que al pianista…

Vladimir Horowitz plays Rachmaninoff sonata No. 2 op. 36 – YouTube

Con las manos sobre el teclado en posición que muy pocos pueden darle fuerza a la ejecución, Horowitz «atacaba como una cobra», según expresión del músico y crítico Harold C. Schonberg, uno de los críticos musicales más reconocidos de The New York Times, el ha escrito:

«No importaba lo difícil y complicada que pudiera parecer una pieza, Horowitz hacía que su sonido fuera fácil».

Harold C.Schonberg destacó los estupendos fortissimos y el tono con que interpretaba Horowitz.

«Lo más importante era transformar el piano, en un instrumento de canto», explicó en cierta ocasión el propio pianista, que se consideraba asimismo como «un romántico del siglo XIX».

Demostró la capacidad que mantendría durante toda su vida, emocionar a su audiencia.

Horowitz – Scriabin: Etude for piano in C# minor, Op. 2 no. 1 – YouTube

La primera grabación en Europa, en 1930, incluyó el estreno mundial del Concierto para piano n.º 3 de Rajmáninov, con la orquesta sinfónica de Londres dirigida por Albert Coates.

Hasta 1936 Hórowitz continuó grabando obras de piano solista a través de HMV, incluyendo su famosa interpretación de 1932 de la Sonata en Si menor para piano de Liszt. A partir de 1940 las grabaciones vuelven a realizarse en los Estados Unidos: su primera grabación del Concierto Nº1 para piano de Chaikovski con orquesta dirigida por Toscanini. En 1959 la RCA editó su concierto en directo de 1943 con el mismo director, que algunos críticos consideran de calidad superior grabación posteriores.

Vladimir-y-Wanda-Horowitz-en-Nueva-York-en-1935-©-Getty-Bettmann-Contributeur

ArturoToscanini

Hipocondríaco en grado sumo, analistas de su comportamiento, afirman que múltiples y dramáticas experiencias vividas en su juventud y en su patria dejaron en él una profunda huella de neurosis que jamás superó. Decía sufrir de apendicitis, flebitis, problemas estomacales, gripes varias, depresiones y cien males más, que lo llevaron a cancelar a lo largo de su vida multitud de compromisos artísticos y a alejarse por períodos prolongados de los escenarios. Su madre murió de una apendicitis tratada tardíamente. Dos de sus hermanos murieron, uno en el frente de batalla, otro «suicidado» en un asilo siquiátrico.

Durante la revolución de 1918 recordaba Horowitz: «En 24 horas mi familia, que vivía acomodadamente, lo perdió todo. Vi con horror cómo arrojaban mi piano, libros, partituras, muebles y vestidos por las ventanas». Traumáticas también las relaciones que sostuvo con su suegro, el gran Arturo Toscanini.

Varias «depresiones» lo obligaron a retirarse de los escenarios. La más prolongada duró 12 años, a partir de 1953. Esta terminó el 9 de mayo de 1965, con su legendario recital de regreso en el Carnegie Hall de Nueva York, que agotó sus 3.000 localidades en menos de dos horas. La cola congregó a cientos de jóvenes ante las taquillas desde el día anterior. Y es famosa la pregunta que escuchó un periodista de The New York Times a la policía: “¿Es esto algo Beatle?”.

Horowitz plays SchumannTraumerei in Moscow – YouTube

Hasta su muerte conservó el título de ser el mejor intérprete de Liszt y Scriabin y su versión del tercer concierto de Rachmaninof -que lo estudiara con el propio compositor, jamás ha sido igualada.

Vladimir Horowitz plays Liszt: Consolation No. 3 (1987) – YouTube

Sus digitaciones vertiginosas y la sonoridad que extraía del instrumento hacían que sus interpretaciones se escucharan como una gran orquesta sinfónica. Era un arquitecto que construía sobre cada partitura las más emotivas, sublimes y grandiosas sonoridades, con una profundidad y concepción de estilo inigualables. Un poeta épico del teclado, pero por sobre todo un gran romántico. Una personalidad pianística y musical única e irrepetible.

Horowitz Rachmaninoff 3rd Concerto Mehta NYPO 1978 – YouTube

Horowitz era un pianista super honesto que interpretaba con tanta claridad que cualquier persona hubiera adivinado un error. Pero el error jamás quedó registrado, y sus notas y los aplausos del público aún resuenan en Leningrado, donde actuó en 1986. Destacó por su virtuosismo y el extraordinario uso del color.

Para el joven pianista austriaco Ingold Wunder, Horowitz combinaba la mejor clase de «pianismo» y un gusto único para la música y la interpretación, que nunca fue mediocre… «Hacía suyo todo lo que tocaba».
A cada aparición suya después de años de ausencia de los escenarios, Vladimir Horowitz le aumentaba varios ceros a los honorarios que cobraba, convirtiéndose en el artista más costoso del mundo, inclusive por encima del ya muy famoso Luciano Pavarotti.

Cada contrato incluía una lista interminable de exigencias que todos cumplían con tal de verlo actuar.

Programa-para-el-recital-de-1978-de-Horowitz-en-el-Carnegie-Hall

La comida que ingería el día del concierto era de suma importancia para él, hasta tal punto que siempre quería su plato preferido: un lenguado fresco, al ser posible, pescado en la Bahía de Nueva York, el cual debía ser preparado por su cocinero y de la misma manera en que lo hacía en su propia casa. Se decía… que estaba delicado del aparato digestivo. Para que esto se cumpliera este requisito, el hotel donde se alojaba debía reproducir de manera casi idéntica el ambiente de su propio hogar neoyorkino.

El día de sus conciertos las ventanas de su dormitorio debían “tapiarse” con papel de aluminio para que no entrara la luz y también tener el teléfono desconectado para que no lo molestaran: descansaba hasta el mediodía.

Solo aceptaba dar conciertos si estos eran a las cuatro en punto de la tarde, ni en la Casa Blanca aceptó modificar el horario….y la sala debía permitir el acceso de 1800 personas como mínimo, la cual debía estar completamente vacía el día anterior al espectáculo para poder acudir y practicar en ella a cualquier hora del día.
Su exigencia era tan alta que, a la hora de colocar el piano sobre el escenario debía ser en aquella zona en la que, según él, tuviese mejor acústica. Se dice que en el Carnegie Hall de Nueva York hay un punto marcado por un tornillo fijo, que llegó a recibir el nombre de “el tornillo de Horowitz”, era el punto exacto donde había que ubicar su piano que era hecho especial para él.

En su última aparición en París llegó al extremo de fijar hasta la temperatura de la habitación del hotel, que debía tener 23 grados centígrados. Ni uno más, ni uno menos…

Viajaba como los grandes señores del siglo XIX. Lo acompañaban su esposa Wanda Toscanini, su hija Sonia, el empresario, el afinador, un funcionario de la casa Steinway, su valet, su cocinero y su médico de cabecera. Llevaba filtros para purificar el agua, ollas, sartenes, cacerolas, y una provisión de pollos y lenguados, usando hasta el final levita para los conciertos.

En su última aparición en Londres… la audiencia lo aclamó durante más de cuarenta minutos, Horowitz regaló tres «Bises»: un vals chopiniano, La polonesa heroica y el increíble Traumerei de las «Escenas infantiles», de Schumann. a ese público enloquecido…

La ejecución de sus propios arreglos en obras como “The Stars and Stripes Forever” de John Philip Souza , las “Variaciones sobre un tema de Carmen” de Bizet o la “Marcha Nupcial” de Mendelson, han constituido verdaderos impactos a tal nivel, que el público prácticamente se enloquecía con él.

Si bien Horowitz también mostraba aspectos interpretativos de verdadera profundidad, en general al público le interesaba ver más bien la “acrobacia” de su ejecución. En realidad estas obras, y muchas otras más no formaban la “parte central” de sus conciertos dado que eran reservadas únicamente para los “bises”.

Según el pianista y director de orquesta austríaco Ingold Wunder: Horowitz combinaba la mejor clase de «pianismo» un gusto único para la música y la interpretación, que nunca fue mediocre. «Hacía suyo todo lo que tocaba».

Ganó 26 premios Grammy y cada uno de sus recitales era un acontecimiento –con el riesgo de que finalmente no se celebrara–, de manera que el mercado de la reventa se hacía de oro gracias a él.

Piero Rattalino en su Historia del piano dijo de él que tenía «una asombrosa incapacidad de envejecer». Entraba en el escenario como un anciano con problemas de movilidad hasta que se sentaba el piano y tocaba con un inesperado arrebato juvenil.

Vladimir Horowitz murió, el sábado 5 de noviembre del año 1989 a los 85 años de edad, de un infarto en su casa de Nueva York. Fue enterrado en la tumba familiar de los Toscanini, en Milán por su propio deseo de estar junto a su querida hija Sonia. Su funeral se llevó a cabo en la mismísima Scala de Milán.

Con la muerte del muy especial Vladimir Horowitz desapareció un coloso de la música…para los que lo conocieron y escucharon el más grande virtuoso e intérprete del teclado de todos los tiempos…el «Dios del piano»

Horowitz

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